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La economía de la exclusión

Del número especial de Città Nuova, con comentarios a los distintos capítulos de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco Evangelii Gaudium. Luigino Bruni comenta los artículos 53 a 60.

por Luigino Bruni

publicado en Città Nuova.it  el 8/12/2013

Borsa Tokio ridUn mercado excluyente reniega de su vocación ética y de su historia. Reivindicar la inclusión y la comunión es una gran operación de caridad civil en provecho de todos.

El Papa Francisco da en la diana cuando estigmatiza nuestra economía como una economía de la exclusión. Efectivamente hay una fuerte tendencia a transformar los bienes comunes en bienes de club. La diferencia entre ambos está precisamente en la exclusión.

Los bienes comunes, desde la tierra hasta el agua, son tales precisamente porque nadie puede quedar excluido de ellos. Son bienes de todos. Por el contrario, la cultura de la privatización, cada vez más extendida, le quita a la gente los bienes comunes y el bien común, sobre todo a los pobres, que deberían disponer al menos de los bienes comunes, ya que no consiguen tener bienes privados como renta y consumo.

Una cultura de la exclusión que se extiende también al gran tema del trabajo. Si el trabajo no es más que un costo de producción, un capital o un factor de producción, puede ser sustituido por cualquier máquina o algoritmo que cueste menos. La perfecta intercambiabilidad entre el trabajo y el capital es uno de los grandes males de nuestro tiempo.

Hay que señalar además que la exclusión de los pobres no forma parte de la fisiología del mercado, sino que es una grave enfermedad suya. No hay que olvidar que la economía de mercado fue pensada e inventada por la escuela de Francisco (de Asís) en la Edad Media y adquirió su legitimidad ética precisamente por su capacidad de incluir a los excluidos. Como dice el Papa en el número 54, el «derrame» (la idea liberal de que cuando sube la marea todas las barcas se elevan, también las más pequeñas, o sea que la riqueza de los ricos beneficia también a los pobres) no es el principal efecto positivo de la existencia de una economía de mercado, sino la inclusión productiva. Pensemos en lo que supusieron el siglo pasado las fábricas en Italia y en toda Europa: millones de campesinos, muchos de ellos siervos de la gleba sin derechos y sin salario entraban en las fábricas, se organizaban en sindicatos y así nacían los derechos. Cuando nuestros abuelos recibieron un buzo y una nómina, con aquel buzo y aquella nómina comenzaba una nueva fase de la civilización, de su dignidad y de la de su familia.

El más alto grado de esta inclusión productiva se dio en el movimiento cooperativo, que fue y sigue siendo en muchas partes del mundo un gran movimiento civil y democrático, precisamente porque el mercado y las empresas eran lugares de inclusión, sobre todo de los pobres. La misma inclusión productiva que hoy produce el microcrédito y toda la economía justa e inclusiva. Por eso, al lado del “no” a la economía de la exclusión, hoy es necesario decir “sí” a la economía de la inclusión, a la economía civil y social, a una economía de comunión (CV, 46). Un mercado excluyente reniega de su vocación ética y de su historia. Reivindicar la inclusión y la comunión es una gran operación de caridad civil en provecho de todos.

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