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"Después del huracán, un temblor de tierra; pero el Señor no estaba en el terremoto” (1 Re, 19,11)

Una reflexión sobre el tiempo de la tierra y el sentido de la vida realizada por Luigino Bruni, que se encuentra en los lugares, para él familiares, del terremoto de la pasada noche en el Centro de Italia

Luigino Bruni

publicado en: Città Nuova el 24/08/2016

Amatrice foto Ansa ridEl campanario de la iglesia de Amatrice, que sigue marcando las 3.36, es una imagen fuerte que expresa lo ocurrido esta noche. Ese minuto ha sido el último minuto para muchas víctimas. Un minuto que se recordará para siempre porque quedará grabado en la carne y en el corazón de sus familiares y será recordado por nuestro país, cuya historia reciente es también una serie de relojes detenidos para siempre por la violencia de los hombres o de la tierra.

Yo también lo recordaré para siempre, porque este grito de la tierra ha llegado hasta la casa de mis padres en Roccafluvione, donde me encontraba de visita, a 20 kilómetros de Arquata del Tronto. Ha sido una larga noche de miedo, de dolor y de pensamientos sobre Amatrice, Arquata, Accumuli, pueblos de mi niñez, vecinos de los pueblos de mis abuelos, a los que iba en verano acompañando a mi padre que trabajaba como vendedor ambulante de pollos. Y más pensamientos, pensamientos que sólo se pueden tener en las noches tremendas.

Pensaba que el tiempo medido hasta las 3.36 por el reloj del campanario, que se había quedado parado, muerto, no era más que una dimensión del tiempo, la que los griegos llamaban kronos, pero que no era más que la superficie, el suelo del tiempo.

En el mundo está el tiempo que gestionamos, domesticamos, construimos y usamos para vivir. Pero por debajo hay otro tiempo: el tiempo de la tierra. Este tiempo no humano, a veces inhumano, gobierna el tiempo de los hombres, de las madres, de los niños. Y pensaba que no somos nosotros los dueños de este otro tiempo, más profundo, abismal y primitivo, que no sigue nuestros pasos y a veces incluso va a contrapié de los que caminan por encima.

Cuando en estas noches tremendas advertimos ese otro tiempo sobre el cual caminamos nosotros y construimos nuestras casas, nace una certeza completamente nueva de que somos “hierba del campo”, regada y alimentada por el cielo, pero también tragada por la tierra. La tierra, la de verdad y no la romántica e ingenua de las ideologías, es a la vez madre y madrastra. El humus genera al homo, pero también lo convierte en polvo, unas veces bien, en el momento propicio, y otras veces mal, demasiado pronto y con demasiado dolor.

El humanismo bíblico lo sabe muy bien y por eso combate contra los cultos paganos de los pueblos cercanos que querían hacer de la tierra y de la naturaleza una divinidad. La fuerza de la tierra siempre ha fascinado a los hombres, que han intentado comprarla con magia y sacrificios.

Y así, mientras trataba en vano de recuperar el sueño, pensaba en los libros tremendos de Job y de Qohélet, que tal vez es en estas noches cuando se entienden. Esos libros nos dicen que ningún Dios, ni siquiera el verdadero, puede controlar la tierra, porque también Él, una vez que entra en la historia humana, es víctima de la misteriosa libertad de su creación.

Ni siquiera Dios puede explicarnos por qué los niños mueren aplastados por las antiguas piedras de nuestros pueblos; y no nos lo puede explicar porque no lo sabe, porque si lo supiera sería un ídolo monstruoso.

Dios, que hoy mira la tierra de las tres “aes” (Arquata, Accumuli, Amatrice), sólo puede hacerse nuestras mismas preguntas, gritar, callar y llorar junto a nosotros.

Y quizá recordarnos con las palabras de la Biblia que todo es vanidad de vanidades; todo es vapor, soplo, viento, niebla, deshecho, nada, efímero. En hebreo vanidad se escribe hebel, la misma palabra con la que se nombra a Abel, el hermano al que dio muerte Caín. Todo es vanidad, todo es un infinito Abel; el mundo está lleno de víctimas. Eso sí lo podemos saber. Lo sabemos y lo olvidamos demasiado pronto. Estas noches y estos días tremendos nos lo recuerdan

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