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La ropa de trabajo

Comentario – Esas cuatro muertes, nuestra vida

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 26/05/2012

logo_avvenireCuatro de las personas fallecidas en el terremoto de la región de Emilia (Italia) se encontraban trabajando. Eran las cuatro de la mañana de un domingo. Morir en el lugar de trabajo tiene connotaciones distintas. En estos tiempos de crisis y sufrimiento para el trabajo, la muerte de estos obreros nos dice muchas cosas, nos lanza varios mensajes. En primer lugar, nos dice, con la fuerza de la tragedia, que en este tiempo nuestro, tan centrado en el consumo y las finanzas, sigue habiendo fábricas y obreros que trabajan a turnos, aunque esos turnos sean cada día más duros debido a la crisis; turnos de ciudadanos y empresas que, con el esfuerzo del trabajo mantienen en pie nuestro país y nos dan buenos motivos para esperar que saldremos de esta. Esos trabajadores murieron un domingo a las cuatro de la mañana. Morir trabajando de noche y en domingo, en lugar de profanar o comprometer el valor y el significado del domingo y de la fiesta, paradójicamente los enaltece y ennoblece.

Nuestras palabras y nuestros sentimientos habrían sido distintos, igualmente trágicos pero distintos, si estos trabajadores, italianos o extranjeros, hubieran muerto sepultados bajo los escombros de una discoteca o de un hipermercado de esos que abren 24 horas al día. Alguien hubiera puesto peros y dudas a esas muertes; pero morir trabajando en domingo y por la noche sólo aumenta el dolor y el valor de esas vidas, de esas muertes, de esa noche y de ese domingo.

En nuestra sociedad, los enemigos de la fiesta y del domingo no son el esfuerzo y el trabajo humano, nunca lo han sido. Sus verdaderos adversarios son los hábitos de vida basados cada vez más en el consumo y en la búsqueda del beneficio y la renta, que además esclavizan a los trabajadores, a quienes les roban el domingo y la fiesta. Las personas que viven y aman el trabajo también viven y aman la fiesta y sus tiempos. No en vano la palabra fiesta viene de fesia, que es también la raíz de feria, es decir de los días laborables. Una sociedad que niega el trabajo o lo hace demasiado frágil, termina por negar también la fiesta y el domingo. No olvidemos que el primer ladrón del domingo y de la fiesta no es el trabajo, sino la falta de trabajo. Cuando uno está desempleado o subempleado, no pierde solo el trabajo sino también la fiesta. La fiesta sin trabajo no es verdadera y completa fiesta. Y viceversa.

Si quien trabaja no conoce la fiesta, deja de trabajar para convertirse en esclavo, por muy bien pagado que esté. Sin embargo, cada vez es más normal que las grandes empresas capitalistas contraten a jóvenes, con buenos sueldos, automóviles de lujo y promesas de una fulgurante carrera, pero a un precio (invisible pero muy real) demasiado alto: renunciar a los tiempos de la fiesta y, a la larga, de la vida. Cuando no hay tiempo para la fiesta y con ella para la familia y para la vida, y tal vez sólo queda algún espacio para la diversión y la distracción, en estos trabajadores poco a poco se van secando los pozos de los que se extrae la energía para el trabajo para encontrarse, después de algunos años, agotados y exprimidos como personas y como trabajadores.

La vida individual y colectiva solo funciona cuando la fiesta y el trabajo son aliados, cuando los tiempos de uno marcan y preparan los tiempos de la otra, incluso en los mismos lugares, como bien sabía la cultura agrícola y artesana. Hoy en cambio hay demasiada poca fiesta en la sociedad y en los lugares de trabajo, que, carentes de su fuerza simbólica, no saben crear ese sentido de pertenencia a un destino común y esos lazos que mantienen unidad a toda comunidad humana. Y cuando más falta hace la fiesta es cuando se sufre y los tiempos son difíciles. Por eso todo debemos volver a aprender a hacer fiesta en la sociedad y en la economía tardo-moderna, también dentro del lugar de trabajo. Si no somos capaces de “perder” de vez en cuando un poco de tiempo en la fiesta, es todo el tiempo de trabajo el que se empobrece y se pierde de verdad. Quienes trabajan saben, por ejemplo, que cuando dejan de celebrarse los nacimientos o las bodas de los compañeros, es señal de que esa comunidad laboral se está entristeciendo.

Si en estos tiempos de crisis queremos superar el cinismo y el pesimismo, que son las verdaderas enfermedades de toda crisis, debemos redescubrir, también políticamente, la gran fuerza simbólica y relacional de la verdadera fiesta, también en los lugares de trabajo, en las escuelas, en las oficinas, en los altos hornos y con la ropa manchada: «El trabajo no ensucia. Nunca digas de un obrero que viene del trabajo: "está sucio". Lo que debes decir es: ’lleva en su ropa las señales, las huellas, de su trabajo’. No lo olvides». (Edmondo De Amicis, "Corazón").

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