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¿Detener la química del cloro?

¿Detener la química del cloro?

Alberto Ferrucci
publicado en Città Nuova N.4/2008link.gif

Mil millones de toneladas de PVC, totalmente producido por el hombre, han tomado posesión de nuestro planeta. Y es peligroso, muy peligroso...

Las imágenes de los telediarios nos han mostrado en estos meses montañas de desperdicios en llamas en Campania (Italia). Los incendios de los montones de basura son peligrosos, porque su combustión produce dioxina, compuesta por cloro y carbón cancerígenos. Del terreno pasan a nosotros a través de la cadena alimenticia, provocando también daños genéticos.

Se trata de una verdadera emergencia que debería llevarnos a reflexionar más a fondo sobre los daños al ambiente que permitimos en nombre de la civilización del consumismo.
Las dioxinas (en la naturaleza existe una esponja que las produce en pequeñas cantidades, como repelente) son dañinas incluso en pequeñas cantidades. Son producidas por las industrias química y siderúrgica. Nuestro cuerpo, además, está hecho sobre todo de carbono, y también el cloro es indispensable al ser humano en pequeñas cantidades, como por ejemplo el ácido clorhídrico de los jugos gástricos que permite la digestión de los alimentos.
Pero tal vez conviene preguntarnos cómo es que, después de miles de millones de años de evolución, el cloro y el carbono, aunque muy difundidos, no están casi presentes en la naturaleza.
El cloro, bajo la forma de cloruro de sodio, la sal de cocina, ha quedado segregado a los mares. Durante milenios, la lluvia lo ha ido lavando de las tierras que emergieron y a través de los ríos lo ha ido concentrando en el mar. Donde esto no ha sido posible, las tierras se han convertido en desiertos sin vida. Lo mismo puede decirse también de los mares, como el Mar Muerto, donde hay una excesiva concentración de sal, que impide el desarrollo de la flora y fauna marinas.
En la naturaleza, los productos compuestos de carbono y cloro eran muy raros. Aparecieron con el desarrollo de las materias plásticas producidas a partir del petróleo, al elevar los elementos a una alta temperatura. Así se obtienen moléculas de etileno y propileno que, enganchándose en largas cadenas, se transforman en polietileno y polipropileno, materiales plásticos con los cuales se fabrican gran cantidad de objetos: bolsas para las compras, botellas para el agua, celulares, cables eléctricos, juguetes y miles de cosas útiles.
Un invento importantísimo, que cambió el mundo, pero que resultó menos alentador cuando se descubrió la manera de producir plástico con sólo el 40 por ciento de petróleo y el restante 60 por ciento de cloro, que podía obtenerse fácilmente del agua del mar.
El etileno forma con el cloro el cloruro de etileno, que a una alta temperatura se transforma en cloruro de vinilo, un gas venenoso capaz de ligarse en largas cadenas para transformarse en un plástico estable: el poli-vinil-cloruro, el conocido PVC.
Este tipo de plástico ha tenido y sigue teniendo gran éxito: de PVC son los famosos discos de 45 revoluciones (todavía se llaman vinilos), las cortinas y las persianas, las sillas de jardín, los interiores de los autos, las tomas y los revestimientos de los hilos eléctricos, los depósitos y los contenedores de la refrigeradora, las muñecas, la refrigeradora misma, los contenedores de basura.
Los médicos italianos ya hicieron notar, en los años setenta, que producir PVC era peligroso. Aunque el PVC es de por sí inocuo, el componente que lo genera y que puede liberarse de él bajo ciertas condiciones, puede provocar un cáncer concreto de hígado. Además el cloro se obtiene separando con energía eléctrica la sal marina en celdas de mercurio, metal cuyos residuos venenosos terminan inevitablemente en el mar, de donde regresan para envenenarnos al ser absorbidos por los atunes y el pescado azul. Hoy existe una nueva tecnología limpia, con celdas de membrana; pero de las ocho instalaciones italianas de este tipo sólo dos la han adoptado hasta ahora.
Según Greenpeace, las tuberías del agua y algunos elementos de nuestros automóviles pueden liberar pequeñas cantidades del componente cancerígeno. Sin embargo, a mi parecer, los peligros mayores están en su tratamiento como residuos, es decir cuando entran en la red urbana de recogida de basuras y no son adecuadamente incinerados a altas temperaturas. En efecto, si bien otros plásticos al arder sólo producen anhídrido carbónico y agua, cuando se quema PVC en condiciones diferentes a las de las modernas instalaciones de tratamiento de residuos, se producen gases ricos en ácido clorhídrico, que contienen también dioxinas.
Las dioxinas, al igual que muchos otros compuestos de cloro y carbono sintetizados por la química moderna y no presentes en la naturaleza, son verdaderos venenos para la vida vegetal y animal, como el insecticida DDT,  los cloro-fluoro-carburos proscritos porque son responsables del agujero de ozono, el gas defoliante utilizado en Vietnam, los gases asfixiantes y muchos pesticidas.
De PVC, sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con los otros compuestos de los que hemos hablado, se producen enormes cantidades: actualmente unos 34 millones de toneladas al año, un quinto de  toda la producción de plásticos.
El PVC es difícilmente biodegradable y reciclable, ya que con frecuencia se usan sales de plomo, que son nocivas, para darle mayor estabilidad o pftalatos, que también son cancerígenos, para hacerlo más blando.
Hay quien afirma que habría que prohibir el PVC en nombre del principio de precaución, el mismo principio que se invoca para apartar vegetales y animales modificados genéticamente.
Pensando cuánto PVC se produce cada año, y desde cuantos años ocurre esto, se puede calcular que, ante la indiferencia general, sobre el planeta existirán hoy casi mil millones de toneladas. ¿No habría, al menos, que preguntarse cuándo detener este desastre?
Los productores de cloro y PVC obviamente protestarán, lanzándose contra un pretendido fundamentalismo ecologista. Pero ¿estamos seguros que se trate de esto?
En efecto los productores tendrían alguna razón para protestar si considerásemos que es un problema exclusivamente de su competencia. Pero si, en cambio, los gobiernos y las administraciones públicas lo hicieran un problema de todos, declarándose dispuestas a facilitar la reconversión de estas instalaciones hacia otros plásticos inocuos, también los productores estarían ciertamente dispuestos a cambiar de parecer y a actuar sin demoras, teniendo en cuenta el bien común.

¿QUE PODEMOS HACER NOSOTROS, LOS CONSUMIDORES?

Conocer, en primer lugar, el tipo de plástico de los embalajes y contenedores que utilizamos, mirando el símbolo que, según la normativa europea, deben llevar: un triángulo con las puntas redondeadas y con un número escrito dentro.
El número 1 corresponde al PET (polietileno-tereftalato); el 2 y el 4 al Pe-Hd y Pe-Ld (polietilenos de alta y baja densidad); el 3 al PVC (cloruro de poli-vinilo); el 5 al Ps (poliestireno); el 6 al Pp (polipropileno). Cuando se encuentra el número 7, significa que el plástico no es reciclable.
Por lo tanto podemos evitar el uso y sobre todo la quema de objetos de plástico marcados con los números 3 y 7.
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